Últimas noticias de la dictadura orteguista

Las hostilidades iniciaron a las ocho y media en una ofensiva nocturna que los nicaragüenses vieron transcurrir acaso como algo frecuente, pero no por ello menos indignante.

El allanamiento de la casa del periodista Carlos Fernando Chamorro ocurrió como primer acto en este 21 de junio de 2021.

Orquestada desde la cúpula del poder en Nicaragua, la irrupción policial en dicho domicilio se suma a la serie de ataques emprendidos por el régimen dictatorial de Daniel Ortega contra el director del periódico Confidencial.

En menos de tres años Chamorro ha denunciado dos veces el asalto policial a sus medios comunicativos. En el pasado mes de mayo fueron allanados los estudios de grabación de los programas Esta Semana y Esta Noche, pero previamente, en diciembre de 2018, el gobierno ya había confiscado las oficinas de la redacción del Confidencial.

Ambos casos no fueron aislados, por el contrario, se enmarcan en toda una operación sistemática que la dictadura de Ortega ha emprendido con el objetivo de disolver a la prensa crítica en su país.

Pese a ello, Carlos Chamorro afirma que “no podrán callar al periodismo”, y con esa frase culmina el tuit en el que informó sobre el allanamiento a su casa la noche de este lunes 21 de junio.

Dicho texto acumula más de 5,000 retuits, y entre ellos se encuentra el de Miguel Mendoza Urbina, otro periodista que, minutos después de compartir el tuit de Chamorro, fue arrestado por la Policía Nacional de la República de Nicaragua.

En un boletín, la corporación policial anunció que la detención del comunicador se llevó a cabo “por realizar actos que menoscaban la independencia, la soberanía y la autodeterminación”.

A esta acusación le acompañan otras que en cualquier país democrático serían insostenibles judicialmente, pero que bajo la administración orteguista se han convertido en la principal arma para acallar disidentes.

Tan solo 14 horas antes su detención, Miguel Mendoza había criticado en su cuenta de Twitter la arbitraria detención de Miguel Mora Barberena, otro periodista que incluso era precandidato presidencial.

Mora Barberena forma parte ahora de la lista de los cinco aspirantes a la presidencia de Nicaragua que han sido detenidos por órdenes de Daniel Ortega Saavedra en fechas recientes. A él también le imputan delitos fabricados que siguen la línea discursiva de la supuesta afrenta contra la “soberanía nacional”.

El amplio grupo de presos políticos en Nicaragua no está conformado exclusivamente por periodistas y precandidatos presidenciales, también hay exguerrilleros que combatieron al lado de Daniel Ortega en el Frente Sandinista de Liberación Nacional durante la última gran revolución de aquel país centroamericano.

En los años que duró el combate armado, los guerrilleros se mantuvieron en pie de lucha con la convicción de derrocar a la dictadura somocista e instaurar un régimen de libertades, pero paradójicamente la Revolución del FSLN logró en últimos términos apartar a un tirano y abrirle paso a otro.

Los nombres y las ideologías cambiaron, pero las practicas represivas y autocráticas continúan tan vigentes hoy como en los años de la dinastía Somoza.

Con estos y muchos otros precedentes, Nicaragua acudirá en noviembre a las urnas para votar por un nuevo presidente o para dar continuidad al actual dictador.

La detención de cinco aspirantes presidenciales da forma a un fatídico augurio que se ha hecho realidad en 2012 y 2017: la reelección de Daniel Ortega.

También se vislumbra una escalada en las agresiones contra la prensa que denuncia los atropellos gubernamentales, y mientras todo ello ocurre, gran parte de la comunidad internacional guarda un silencio sepulcral y cómplice.

Algunos otros países, como México, hacen gala de su tibieza diplomática y no se atreven a condenar de manera contundente la multiplicidad de crímenes perpetrados por Ortega y sus huestes.

La censura y el detrimento de la democracia toman pues cada día mayor fuerza en una Nicaragua flagelada no sólo por los abusos del gobierno, sino también por el golpe moral que implica haber confiado en personajes disfrazados de revolucionarios, que a la postre, mostraron su talante de tiranos.

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